En términos generales, se nos ha enseñado a considerar el
dinero y la ambición como defectos. Por el contrario, la pobreza y el conformismo
son considerados virtudes. Quizá sea una de las razones por las cuales vemos
con recelo a quienes le dan importancia a la generación de capital y en
términos generales, demuestran una ambición considerable. Por otro lado, nuestra cultura ve con malos
ojos al magnate, reduciendo las complejas personalidades de quienes han labrado
fortunas, a algo parecido a los villanos de las épocas más inocentes de la
historieta. La verdad, las cosas son más complejas.
Discovery Channel presenta un programa llamado “el dúo
mecánico”, protagonizado por un par de sujetos dedicados a comprar autos
clásicos inservibles, y devolverles su antigua gloria, labor nada fácil por
cierto. El dueño del taller suele hacer énfasis en el dinero, y eso, dada
nuestra educación en general, choca con nuestra visión del mundo: ¿Cómo puede
este sujeto pensar en el dinero y sólo en el dinero…?
Bueno: la realidad es más interesante: una vez superada la
antipatía inicial por el sujeto, cuando uno se concentra en escuchar y analizar
el show, muchas cosas quedan claras. Y una de ellas es la valoración del
trabajo y del dinero.
Veamos: tenemos a un sujeto gastándose miles de dólares en
chatarra. Y esa chatarra genera más gastos (¡Ojo con esto!) cuando el tipo
decide restaurarla. Pero el cuate siempre trata de pagar lo menos posible por
su consumo… y pedir mucho por sus autos. ¡Vaya tipo despreciable…!
¿O no…?
Veamos: tenemos a este sujeto, dueño de un taller, quien
llega a pagar, digamos, 5000 dólares por un Mustang chocado. Claro, el sujeto
que lo vendió trata de obtener más, pero: ¿Para qué quiere un trozo de metal
ocupando espacio en su cochera…? Desde esa perspectiva, el restaurador tiene la
ventaja para negociar, y la usa. Vaya sujeto malvado.
Poco después el tipo lleva su adquisición al taller. Repara
lo necesario, pero puede suceder que se encuentre una avería inesperada de una
pieza descontinuada o difícil de obtener. Quizá hizo una mejora al auto; o simplemente
encontró una pieza original. El auto queda impecable, mejor que nuevo, cuando
el trabajo termina. El cuate toma su auto, lo ofrece, y previo a visitar al
posible comprador, exclama: “¡Tengo que vender este auto por mucho dinero…!”
Vaya codicia…
Una vez con el comprador, el restaurador da su precio. El
cliente lo rechaza. El restaurador se baja un poco. El cliente vuelve a
rechazar. El restaurador exclama: “¡Invertí 12000 dólares en este auto…!”
(¡Vaya tacaño, contando cada centavo gastado en su trabajo…!) Finalmente llegan
a un acuerdo, y el restaurador se lleva una muy jugosa ganancia. El restaurador
dice: “Bueno, vendí el auto: es hora de hacer que este dinero me dé más dinero…”
Vaya con el codicioso hijo de perra: No sólo se dedica a un
trabajo que le apasiona: también gana muy buen dinero con ello…
Esa es la percepción general de una persona inmersa en
nuestra cultura.
La verdad, ver este programa me cambió muchas ideas.
Primero, me hizo ver las grandes diferencias de la cultura laboral de E. U., y
México. Estos cuates llegan a equivocarse, y dichas equivocaciones suelen
costar dinero. Pero lejos de concentrarse en buscar un culpable o lamentarse,
el enfoque de estos cuates es: “acabamos de perder dinero. Hay que ver cómo lo
recuperamos”. Así de simple.
También he aprendido sobre la naturaleza misma del trabajo.
Estos cuates se la pasan en el relajo, ríen, viajan, beben cerveza, piensan
constantemente en el dinero… y disfrutan su labor. Nuestra sociedad suele ver
el trabajo como una carga, una imposición. Incuso cuando trabajamos en lo que
nos gusta, solemos sentirnos culpables por cobrar caro. (Me ha pasado mucho
últimamente). En el “dúo…” los dueños del negocio no sólo no tienen pudor por
cobrar caro por hacer un trabajo placentero para ellos: saben la calidad del
mismo, y reflejan el esfuerzo, dinero, y tiempo invertidos en el precio de sus
autos. Algo perfectamente justo.
Ahora, no es que piense que cosas como la salud, la familia,
los amigos, etc., no sean importantes. Lo son, y quien cuenta con esas cosas
haría mal en no sentirse agradecido por ello. Pero los tipos del “dúo…” dan
esos elementos por hecho, porque cuentan con ellos. Lo que no se tiene, es
dinero. (Al menos no se tiene todo el tiempo, quiero decir). Por ello mucho de
mi percepción y original antipatía cambió cuando el cuate se puso a reflexionar
sobre sus razones para no detenerse: tiene un taller de restauración de autos
clásicos y le encanta; necesita un taller más amplio para generar más trabajo;
tiene deudas; debe pagar salarios… y le gusta vivir bien, qué malvado. Bajo
esas circunstancias, ¿Cómo culparlo por su casi obsesión por generar dinero? ¿Por
qué ver la ambición como un vicio, y no como una virtud…?
Los Malosos Magnates.
“Gigantes de la industria”, otro programa de History
Channel, trata sobre las andanzas de los magnates que literalmente construyeron
los Estados Unidos. Sujetos como Ford, Rockefeller, entre otros, dueños de corporaciones
líderes el día de hoy. Despiadados. Moralmente cuestionables. ´Codiciosos. Pero
también geniales, visionarios y fundamentales en el progreso de la humanidad.
“Gigantes…” me ha enseñado hasta ahora varias cosas: entre
ellas, que para sobrevivir en el mundo de los negocios, es necesario ser
despiadado. Y confirmó mi convicción de que es el conflicto lo que mueve al
mundo: gracias a los constantes intentos de destruirse entre sí, estos sujetos
debieron ingeniárselas para sobrevivir y destacar. Y eso queda como una muestra
de la escasa visión y parcialidad de las izquierdas más radicales: tenemos muy
arraigada la idea de que los grandes magnates de la industria hacían y
deshacían a placer; nos quedamos con la imagen de un patrón adinerado
explotando de forma inclemente a sus trabajadores (una verdad parcial; pero no
necesariamente fiel al retrato de la izquierda más ingenua y radical); hombres en
la cúspide de un mundo del cual toman bienes a placer; holgazanes dedicados únicamente
a disfrutar los beneficios de sus
negocios. Pues no, no fue tan fácil…
Rockefeller, el magnate por antonomasia, fue perseguido –merecidamente-
por su gobierno, a través de toda la unión americana. Fue boicoteado por sus competidores,
y eso lo obligó a desarrollar tecnología. Supo el valor de su trabajo, y lo
cobró caro; a diferencia de Ford, quien en la búsqueda de crear un nuevo
mercado, procuró abaratar el acceso a su mercancía. Y ninguno de ellos fue en
modo alguno, un holgazán.
Por cierto, aprendí otra cosa de estos programas: las
teorías de la conspiración, por atractivas que nos parezcan, son imposibles de
llevar a la práctica. Las rivalidades de los magnates demuestran una vez más,
que no puede haber un poder omnipotente: cuando surge una fuerza considerable,
tarde o temprano se encontrará con una equivalente o superior. Los intereses de
una gran corporación tarde o temprano entrarán en conflicto con otra, y no
dudarán en usar la mínima ventaja para obtener la supremacía. Por ello la idea
de una “complicidad” entre grandes corporaciones es remota. Pongamos por
ejemplo uno de los blancos favoritos de los conspiranoícos: las farmacéuticas.
Según las teorías de la conspiración, los laboratorios procuran vender
medicinas para mantener enfermos a sus pacientes, lo cual es absurdo en el
contexto de la despiadada competencia comercial entre ellos (sin tomar en
cuenta a los científicos, doctores, estudiantes de medicina, laboratoristas,
enfermeras, etc, que deberían estar de acuerdo con un tal “muro de silencio”
para que la conspiración funcione): si
un laboratorio llega a detectar la mínima contraindicación no reportada en
productos de un competidor, hará lo posible por hundir y desprestigiar a la
competencia. Así de simple.
En fin, yo ya dije lo que debía decir, cada quien razónelo y
tome lo que le sirva. Salud.
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