viernes, 17 de enero de 2014

TV, Dinero, Magnates y Conspiraciones...

En términos generales, se nos ha enseñado a considerar el dinero y la ambición como defectos. Por el contrario, la pobreza y el conformismo son considerados virtudes. Quizá sea una de las razones por las cuales vemos con recelo a quienes le dan importancia a la generación de capital y en términos generales, demuestran una ambición considerable.  Por otro lado, nuestra cultura ve con malos ojos al magnate, reduciendo las complejas personalidades de quienes han labrado fortunas, a algo parecido a los villanos de las épocas más inocentes de la historieta. La verdad, las cosas son más complejas.
Discovery Channel presenta un programa llamado “el dúo mecánico”, protagonizado por un par de sujetos dedicados a comprar autos clásicos inservibles, y devolverles su antigua gloria, labor nada fácil por cierto. El dueño del taller suele hacer énfasis en el dinero, y eso, dada nuestra educación en general, choca con nuestra visión del mundo: ¿Cómo puede este sujeto pensar en el dinero y sólo en el dinero…?
Bueno: la realidad es más interesante: una vez superada la antipatía inicial por el sujeto, cuando uno se concentra en escuchar y analizar el show, muchas cosas quedan claras. Y una de ellas es la valoración del trabajo y del dinero.
Veamos: tenemos a un sujeto gastándose miles de dólares en chatarra. Y esa chatarra genera más gastos (¡Ojo con esto!) cuando el tipo decide restaurarla. Pero el cuate siempre trata de pagar lo menos posible por su consumo… y pedir mucho por sus autos. ¡Vaya tipo despreciable…!
¿O no…?
Veamos: tenemos a este sujeto, dueño de un taller, quien llega a pagar, digamos, 5000 dólares por un Mustang chocado. Claro, el sujeto que lo vendió trata de obtener más, pero: ¿Para qué quiere un trozo de metal ocupando espacio en su cochera…? Desde esa perspectiva, el restaurador tiene la ventaja para negociar, y la usa. Vaya sujeto malvado.
Poco después el tipo lleva su adquisición al taller. Repara lo necesario, pero puede suceder que se encuentre una avería inesperada de una pieza descontinuada o difícil de obtener.  Quizá hizo una mejora al auto; o simplemente encontró una pieza original. El auto queda impecable, mejor que nuevo, cuando el trabajo termina. El cuate toma su auto, lo ofrece, y previo a visitar al posible comprador, exclama: “¡Tengo que vender este auto por mucho dinero…!” Vaya codicia…
Una vez con el comprador, el restaurador da su precio. El cliente lo rechaza. El restaurador se baja un poco. El cliente vuelve a rechazar. El restaurador exclama: “¡Invertí 12000 dólares en este auto…!” (¡Vaya tacaño, contando cada centavo gastado en su trabajo…!) Finalmente llegan a un acuerdo, y el restaurador se lleva una muy jugosa ganancia. El restaurador dice: “Bueno, vendí el auto: es hora de hacer que este dinero me dé más dinero…”
Vaya con el codicioso hijo de perra: No sólo se dedica a un trabajo que le apasiona: también gana muy buen dinero con ello…
Esa es la percepción general de una persona inmersa en nuestra cultura.
La verdad, ver este programa me cambió muchas ideas. Primero, me hizo ver las grandes diferencias de la cultura laboral de E. U., y México. Estos cuates llegan a equivocarse, y dichas equivocaciones suelen costar dinero. Pero lejos de concentrarse en buscar un culpable o lamentarse, el enfoque de estos cuates es: “acabamos de perder dinero. Hay que ver cómo lo recuperamos”. Así de simple.
También he aprendido sobre la naturaleza misma del trabajo. Estos cuates se la pasan en el relajo, ríen, viajan, beben cerveza, piensan constantemente en el dinero… y disfrutan su labor. Nuestra sociedad suele ver el trabajo como una carga, una imposición. Incuso cuando trabajamos en lo que nos gusta, solemos sentirnos culpables por cobrar caro. (Me ha pasado mucho últimamente). En el “dúo…” los dueños del negocio no sólo no tienen pudor por cobrar caro por hacer un trabajo placentero para ellos: saben la calidad del mismo, y reflejan el esfuerzo, dinero, y tiempo invertidos en el precio de sus autos. Algo perfectamente justo.
Ahora, no es que piense que cosas como la salud, la familia, los amigos, etc., no sean importantes. Lo son, y quien cuenta con esas cosas haría mal en no sentirse agradecido por ello. Pero los tipos del “dúo…” dan esos elementos por hecho, porque cuentan con ellos. Lo que no se tiene, es dinero. (Al menos no se tiene todo el tiempo, quiero decir). Por ello mucho de mi percepción y original antipatía cambió cuando el cuate se puso a reflexionar sobre sus razones para no detenerse: tiene un taller de restauración de autos clásicos y le encanta; necesita un taller más amplio para generar más trabajo; tiene deudas; debe pagar salarios… y le gusta vivir bien, qué malvado. Bajo esas circunstancias, ¿Cómo culparlo por su casi obsesión por generar dinero? ¿Por qué ver la ambición como un vicio, y no como una virtud…?
Los Malosos Magnates.
“Gigantes de la industria”, otro programa de History Channel, trata sobre las andanzas de los magnates que literalmente construyeron los Estados Unidos. Sujetos como Ford, Rockefeller, entre otros, dueños de corporaciones líderes el día de hoy. Despiadados. Moralmente cuestionables. ´Codiciosos. Pero también geniales, visionarios y fundamentales en el progreso de la humanidad.
“Gigantes…” me ha enseñado hasta ahora varias cosas: entre ellas, que para sobrevivir en el mundo de los negocios, es necesario ser despiadado. Y confirmó mi convicción de que es el conflicto lo que mueve al mundo: gracias a los constantes intentos de destruirse entre sí, estos sujetos debieron ingeniárselas para sobrevivir y destacar. Y eso queda como una muestra de la escasa visión y parcialidad de las izquierdas más radicales: tenemos muy arraigada la idea de que los grandes magnates de la industria hacían y deshacían a placer; nos quedamos con la imagen de un patrón adinerado explotando de forma inclemente a sus trabajadores (una verdad parcial; pero no necesariamente fiel al retrato de la izquierda más ingenua y radical); hombres en la cúspide de un mundo del cual toman bienes a placer; holgazanes dedicados únicamente  a disfrutar los beneficios de sus negocios. Pues no, no fue tan fácil…
Rockefeller, el magnate por antonomasia, fue perseguido –merecidamente- por su gobierno, a través de toda la unión americana. Fue boicoteado por sus competidores, y eso lo obligó a desarrollar tecnología. Supo el valor de su trabajo, y lo cobró caro; a diferencia de Ford, quien en la búsqueda de crear un nuevo mercado, procuró abaratar el acceso a su mercancía. Y ninguno de ellos fue en modo alguno, un holgazán.
Por cierto, aprendí otra cosa de estos programas: las teorías de la conspiración, por atractivas que nos parezcan, son imposibles de llevar a la práctica. Las rivalidades de los magnates demuestran una vez más, que no puede haber un poder omnipotente: cuando surge una fuerza considerable, tarde o temprano se encontrará con una equivalente o superior. Los intereses de una gran corporación tarde o temprano entrarán en conflicto con otra, y no dudarán en usar la mínima ventaja para obtener la supremacía. Por ello la idea de una “complicidad” entre grandes corporaciones es remota. Pongamos por ejemplo uno de los blancos favoritos de los conspiranoícos: las farmacéuticas. Según las teorías de la conspiración, los laboratorios procuran vender medicinas para mantener enfermos a sus pacientes, lo cual es absurdo en el contexto de la despiadada competencia comercial entre ellos (sin tomar en cuenta a los científicos, doctores, estudiantes de medicina, laboratoristas, enfermeras, etc, que deberían estar de acuerdo con un tal “muro de silencio” para que la conspiración  funcione): si un laboratorio llega a detectar la mínima contraindicación no reportada en productos de un competidor, hará lo posible por hundir y desprestigiar a la competencia. Así de simple.

En fin, yo ya dije lo que debía decir, cada quien razónelo y tome lo que le sirva. Salud. 

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